Walter Toapanta / Revista Acelerano
Hay lugares que parecen existir solo en los relatos de quienes los han visitado. Piñán era uno de ellos.
Durante años escuchamos historias sobre este pequeño caserío escondido entre los páramos de la cordillera Occidental de Imbabura. Historias de caminos imposibles, de montañas infinitas, de cóndores volando tan cerca que parecen tocar el cielo y de una comunidad que aún vive al ritmo de la tierra. Todo sonaba lejano, casi irreal.

Hasta que llegó el momento de comprobarlo. La protagonista de esta aventura sería una Foton Tunland G7 4×4, una camioneta que, desde el primer momento, parecía diseñada para un viaje de estas características.
El desafío no era menor: más de 70 kilómetros por una vía de tercer orden, atravesando ríos, piedras, profundas huellas dejadas por otros vehículos todoterreno y una ruta que supera los 4.000 metros de altitud.

Antes de partir, la logística fue tan importante como la decisión misma de viajar. Había que contactar a la comunidad. Pablo Yacelga, presidente del caserío, aceptó recibirnos. Hombre de pocas palabras, curtido por el viento y el trabajo del páramo, nos abrió las puertas de Piñán y organizó nuestra estadía en la casa refugio.
Con el alojamiento asegurado, el miércoles muy temprano dejamos atrás Ibarra. El cielo despejado acompañó la salida hacia Urcuquí, uno de los rincones más pintorescos de Imbabura. Desde allí seguimos por San Blas y Hospital hasta llegar al punto donde termina el asfalto y comienza la verdadera aventura.

El equipo descendió de la camioneta para reducir la presión de los neumáticos. Era una medida necesaria para mejorar la absorción de impactos sobre el terreno rocoso. Con el tanque lleno, provisiones básicas, agua, snacks y una antena satelital para cualquier emergencia, iniciamos el ascenso.
Desde los primeros kilómetros, la Tunland G7 comenzó a demostrar por qué fue elegida para esta travesía. A pesar de equipar neumáticos de carretera y haber salido prácticamente nueva del concesionario, la camioneta enfrentó sin dificultad cada obstáculo que aparecía frente a sus ruedas. Su altura al piso, la tracción 4×4 y el generoso torque de 390 Nm permitieron avanzar con seguridad sobre caminos estrechos, empinados y constantemente cambiantes.

La subida parecía interminable
Durante más de una hora el camino ascendió sin tregua hacia la cumbre de la cordillera. Cruzamos pequeños ríos, sorteamos surcos profundos abiertos por las lluvias y avanzamos entre montañas cubiertas por extensos pajonales. A cada curva el paisaje se volvía más impresionante.

Y entonces ocurrió uno de esos momentos que justifican cualquier viaje. A más de 4.000 metros de altitud, cuando el horizonte parecía no tener fin, dos jóvenes cóndores aparecieron sobre nuestras cabezas. Volaban tan bajo que por un instante sentimos que podíamos tocarlos. Planeaban con una elegancia perfecta, desafiando al viento que golpeaba con fuerza el páramo.

Fueron apenas unos segundos. Pero bastaron para convertir aquella escena en un recuerdo imborrable. Mientras observábamos el espectáculo natural, la Tunland continuaba avanzando con calma, firme y silenciosa sobre la montaña.
El trayecto total tomó cerca de cuatro horas. No por la distancia, sino por la complejidad de la ruta. Los abismos, los caminos angostos y las condiciones del terreno obligaban a conducir con precisión. Cada kilómetro exigía atención.

Finalmente, cerca de las dos de la tarde, apareció Piñán. Allí estaba. El pequeño pueblo que durante años solo habíamos visto en fotografías y videos. Un puñado de calles de tierra, casas de adobe con techos de paja y una inmensa sensación de aislamiento. En ese rincón viven alrededor de 200 personas que mantienen una forma de vida heredada de sus abuelos.

Muchos trabajan cuidando ganado en las montañas, otros producen leche y elaboran quesos artesanales reconocidos en toda la provincia. La jornada comienza antes del amanecer. A las cuatro de la mañana el caserío ya está despierto. Algunos parten a caballo, otros caminan largas distancias hacia los potreros.
La rutina se repite todos los días del año
Sin vacaciones. Sin pausas. Solo interrumpida por las fiestas de San Juan, cuando las calles se llenan de música, disfraces y danzas tradicionales.
La casa refugio, ubicada en una colina desde donde se observa todo el poblado, fue nuestro hogar durante dos días. Allí nos esperaba una joven comunera con las habitaciones listas.

Tras un almuerzo casero, iniciamos una caminata hacia la laguna Tobar Donoso, uno de los mayores atractivos naturales de la zona. El recorrido toma más de una hora entre senderos rodeados de pajonales y montañas solitarias. También puede hacerse a caballo, una actividad que representa una fuente adicional de ingresos para la comunidad.
La tarde terminó entre paisajes silenciosos y conversaciones sobre la vida en este rincón olvidado del país.

Esa noche, mientras el viento golpeaba las ventanas del refugio, Piñán quedó sumido en un silencio absoluto, apenas roto por los ladridos de los perros, el mugido lejano de las vacas y el rebuzno ocasional y lastimero de algún burro.
Al amanecer siguiente, la comunidad ya estaba nuevamente en movimiento. Pablo Yacelga compartió uno de sus mayores anhelos: que algún día un bus llegue a Piñán, aunque sea una vez por semana. También sueña con una vía mejorada que permita la llegada de más turistas y genere nuevas oportunidades para las familias del lugar.

Son sueños sencillos. Pero para quienes viven aislados entre las montañas representan una transformación enorme. Al mediodía emprendimos el regreso.
La Tunland G7 4×4 se graduó en las alturas
La Foton Tunland G7 volvió a enfrentarse a los desafíos del camino con la misma solvencia demostrada durante la subida. El motor turbodiésel de 2.0 litros respondió con fuerza en las pendientes, mientras la suspensión absorbía con eficacia las irregularidades del terreno.

El retorno fue más rápido, cerca de tres horas, acompañado por un cielo despejado y algunas franjas de neblina que aparecían y desaparecían entre los valles. Desde la cima de la cordillera se ven lejanas las ciudades de Ibarra, Atuntaqui y Cotacacachi y todo sus alrdedores, en las mismas faldas del impomente Taita Imbabura, muy cerca de nosotros la otra cada de la Mama Cotacachi que esconde bajo sus enaguas el transparente lago de Cuicocha.
Una vez más coronamos los 4.000 metros. Y allí estaban los cóndores. Planeando sobre el páramo como si custodiaran la entrada y salida de aquel mundo escondido.

Cuando finalmente regresamos al asfalto, la Tunland mostraba apenas el polvo acumulado por la travesía. Ningún golpe. Ningún roce. Ninguna señal de haber recorrido uno de los caminos más exigentes de la Sierra norte ecuatoriana.
El indicador de combustible apenas había descendido. Piñán quedó atrás. Pero su gente, sus paisajes y la experiencia de haber llegado hasta allí permanecerán mucho tiempo en la memoria. Porque algunos viajes terminan cuando se apaga el motor. Y otros continúan para siempre.
Ficha técnica | Foton Tunland G7 4×4

- Motor: Turbodiésel 2.0 litros
- Potencia: 160 hp a 4.000 rpm
- Torque: 390 Nm a 1.800 rpm
- Tracción: 4×4 con bloqueo mecánico de diferencial
- Transmisión: Manual de 6 velocidades o automática de 8 velocidades
- Suspensión delantera: Independiente de doble brazo
- Suspensión trasera: Ballestas reforzadas
- Frenos: Discos en las cuatro ruedas
- Neumáticos: 265/60 R18
- Longitud: 5.340 mm
- Asistencias: HSA (arranque en pendiente), HDC (control de descenso), TPMS, alerta de colisión frontal y alerta de punto ciego
- Equipamiento destacado: Climatizador bi-zona, pantalla táctil de 10 pulgadas, cámara de reversa, cargador inalámbrico, asientos de cuero y control crucero.

