Revista Acelerando
Comentario
Los recientes aranceles del 30% impuestos mutuamente, vigentes desde el 1 de febrero, ya comienzan a mostrar su impacto real: un alza significativa en los precios que encarece directamente la vida de los ciudadanos y distorsiona el consumo normal y establecido en ambos países.
La medida, inicialmente una respuesta a la “tasa de seguridad” ecuatoriana, ha desencadenado una cadena de consecuencias que va mucho más allá de una disputa comercial puntual.
En Ecuador, genera incertidumbre en sectores clave, afectando a marcas de autos icónicas cuyos representantes dependen de importaciones colombianas. Pero la afectación es recíproca y profunda: Colombia enfrenta obstáculos para recibir productos esenciales ecuatorianos.
No se trata solo de vehículos o repuestos. Se está interrumpiendo el flujo de una cadena vital de bienes: desde insumos manufacturados y medicinas que Ecuador necesita, hasta productos agroindustriales y manufactureros que Colombia requiere.
La crisis es de grandes proporciones y simétrica, dañando economías, cadenas productivas y, en última instancia, el bolsillo de millones de consumidores en ambas naciones.
Ecuador y Colombia son países tradicionalmente hermanos, con profundos lazos comerciales, culturales y humanos. Permitir que esta situación se prolongue o escale es perjudicial para el desarrollo y el “buen vivir” compartido.
Por ello, hacemos un llamado urgente a la reflexión y a la acción de ambos gobiernos. Es imperativo retomar el diálogo directo, franco y constructivo, con la voluntad política de encontrar una solución pronta. El objetivo debe ser desactivar estas medidas que, lejos de proteger, castigan a las economías y a las poblaciones de los dos lados de la frontera.
La integración y la cooperación han sido históricamente pilares de prosperidad. En un momento de desafíos económicos globales, fortalecer esos lazos es más crucial que nunca. ¡Que la sensatez y el interés común prevalezcan!

