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Merello vuelve a la vida de milagro (póstumo)

Un pequeño homenaje para una de las máximas figuras del automovilismo nacional que acaba de partir. En 2008 nuestro director, Walter Toapanta, se entrevisto con Fausto Merello para hacer un recuento de aventuras y vivencias.

De ese especial encuentro nos queda el recuerdo de esta nota que estamos seguros que a mas de uno le hará rememorar la época de oro para el automovilismo local.

Ahora decimos adios a Fausto Merello, pero tenemos la plena seguridad que las futuras figuras del automovilismo nacional sabrán emular el ejemplo de este guerrero de las tuercas que hoy se despide de nosotros dejando un legado que difícilmente olvidaremos.

Hasta siempre Fausto Merello 1940-2014.

Reportaje publicado en la edición No. 47 de agosto 2008.

En su palmarés están históricas victorias en Colombia y Perú. Actuaciones inolvidables en las 24 Horas de Daytona y Le Mans en la década de los setenta.

Por Walter Toapanta

Circulando pausadamente por la avenida González Suárez, en el norte de Quito, como una luz se me vino a la mente el nombre de una figura del automovilismo de antaño, que estuvo desaparecida por más de siete años. Prácticamente le había tragado la tierra. Solo un puñado de amigos sabía de su paradero.

Debo confesar que desde hace casi ocho años estuve intentando entrevistarme con este hombre, quien en la llamada época dorada del autovilismo ecuatoriano, él fue uno de los grandes, aquel que junto a Guillermo “Palito Ortega” (ya fallecido) hizo sonar al país con sus actuaciones en las 24 Horas de Daytona, en las 24 Horas de Le Mans , en la Fórmula 2 europea y en otras tantas que el tiempo se ha encargado de boarrarlas de un plumazo.

Debo admitir que también fue mi culpa en no insistir el encuentro, a pesar de qie sabía donde estaba y esperé descaradamente a que el tiempo pasara y hasta me olvidara de él.

Almorzando un día con dos amigos fanáticos del automovilismo, supe las buenas nuevas de él y donde podía encontrarlo. Cerca del lugar donde el campeón pasa regularmente busqué un espacio para parquear el auto y me dirigí un poco nervioso hacia el sitio mencionado por estos dos amigos, Pedro Villota y Patricio Saá. El encuentro fue en el restaurante muy conocido de la ciudad (Hunters) al frente del Hotel Quito. Subí como ocho escalones de Madera, empujé la puerta. Di dos pasos y pregunté por él a un mesero que presuroso pasaba junto a mí.

-Si, aquí está. Es él-. De sopetón veo a un hombre mayor sentado hacia mi izquierda, detrás de un mostrador de la administración. Me acerco, le saludo y pregunto por su nombre. Si, soy yo, ¿qué desea?

Después de mi presentación, el hombre reaccionó con una sonrisa: ahh, ya se quién es usted. Es el periodista de automovilismo. ¿Sigue trabajando en el periódico? Le respondo que ya no, que dejé hace más de seis años y aprovecho para entregarle el último número de la revista ACELERANDO.

Me recibe con agrado y mientras pasa página por página, levanta la cabeza y me hace otra pregunta. ¿Qués es de la vida de Hernández? Se refiere a Oswaldo, el famoso “Che Carburando”.

Le digo que últimamente no lo he visto y por comentarios de su hija Judith, él está bien, trabajando en su casa en Ibarra y viajando regularmente por el mundo. “El dirige una revista de autos muy elegante”, le informo. AH, qué bien, reposta.

Y mientras conversamos, sigue hojeando la revista y se detiene en una sección donde está un reportaje de autos, mira con atención y responde: Lindo auto, este otro también. Y este ¿de qué marca es?, pregunta refiriéndose al Nissan GTR, aquel con el que dimos algunas vueltas en altas revoluciones en el circuito de Estoril en Portugal.

Luego llega a la sección de los deportes y mira con mayor atención los reportajes de las carreras de rallies, las de pista en Yahuarcocha y aunque no dice nada, su rostro delata un aire de añoranza. Pero inmediatamente se repone y comenta: Hace rato que las carreras dejaron de interesarme. Solo veo la Fórmula Uno. Me gusta como piloto, Fernando Alonso. Sigue escudriñando el ejemplar hasta que llega a la sección de la agenda empresarial. Mira pausadamente a los personajes tratando de encontrar a algún amigo o conocido suyo y con una sonrisa dice: Hermosas chicas, pro acá es de que las traiga pues, refiriéndose a unas guapas modelos de autos que están allí radiantes y elegantes.

Estoy conversando con Fausto Merello, uno de los emblemáticos automovilistas ecuatorianos, quien estuvo internado por mucho tiempo en el Hospital San Juan de Dios en el Valle de Los Chillos.

Cuando todo el mundo se olvidó de él, solo unos cuantos amigos, compañeros de la infancia, del colegio y de las carreras estuvieron tras la pista de Fausto.

Ni por idea se imaginaron que este hombre, pequeño de estatura, pero grande de fe y constancia, se iba a recuperar por sí solo y estar nuevamente entre los suyos tratando de vivir el tiempo perdido en estos años de recuperación de su salud.

Mirándole, el campeón luce bien, su rostro y sus ojos pardos delatan el paso del tiempo. Su ojo izquierdo tiene un poco afectado. Se lo ve tranquilo, lúcido, pausado cuando habla, trabajando todas las tardes como administrador del restaurante de su amigo Eduardo Bueno, quien ha estado con él en las épocas de gloria y en sus noches más tristes y desoladas.

Cuando le pregunto ¿cómo era la vida en el hospital?, él se queda pensativo y solo dice: bien, bien y rápidamente cambia de conversación y confiesa que a pesar de sus grandes logros en el automovilismo nacional e internacional, no tiene nada de evidencias: ni fotos ni trofeos ni recortes de periódicos y revistas.

Hace más de nueve años estando cambiandose de casa, un hombre que transportaba sus cosas en una camioneta desapareció llevándose sus pertenencias más queridas.

-Pero podemos hablar de las carreras, de eso no hay problema-. Entonces le pido una cita formal y él acepta postivamente. Quedamos en vermos a la semana siguiente, como así ocurrió. Cuando me despito me dice: Mucho gusto señor Toapanta y salúdele a mi amigo Hernández.

EL HOMBRE DE LAS SIETE VIDAS

Otra gran amigo de Fausto Merello, quien también ha estado en las buenas y en las malas es Alfredo Santacruz, compañero en la Academia Militar Ecuador.

A finales de la década del cincuenta, Fausto, Hugo “Chino” Sosa y Alfredo integraron el famoso equipo de ciclismo del colegio con el que consecharon múltiples victorias.

-Fausto fue un gran ciclista-, dice Alfredo, todavía un activo competidor de autos de pista.